miércoles, 28 de diciembre de 2011

La escuela del pulgarcito


Para Juan Pablo Ringelheim los medios de comunicación y las redes virtuales configuran modos educativos y éstos entran en tensión con la escuela. ¿Cómo debería ser la escuela de acuerdo con las demandas de los medios?

Por Juan Pablo Ringelheim *
1 Hasta la aparición de la televisión, la escuela formó un sentimiento de comunidad y crió jóvenes con destinos definidos en la nación. Así como el más alto estaba atrás en la formación y el más bajo adelante (y la hilera hacía gala del moderno sentido de la perspectiva), así también el esforzado estudiaría medicina, y el optimista, ingeniería; los descarriados se dedicarían al arte. Pero todos tendrían de por vida un sentimiento primario de la comunidad nacional.
Luego llegó la televisión, que formaría la comunidad de los televidentes y competiría con las instituciones educativas. En el comienzo el Topo Gigio le decía a toda una generación: “Veo la tele cuando salgo de la escuela/ Pero siempre antes hago la tarea”. Destacado. Pero en verdad, y esto hay que decirlo, el Topo Gigio admiraba a Brigitte Bardot; tal vez por esto no tardó ni un verso en apostar enteramente al nuevo paradigma: “Con café, con leche y mantecadas / a la tele no la cambio yo por nada”.
En aquella vieja escuela se pensaba que las lecturas correctas apaciguan la barbarie que habita en cada alumno. Esa idea llega hasta hoy: para disminuir la violencia nada es tan adecuado como construir más escuelas (y menos cárceles). Pero esas escuelas no deberían ser construidas con la lógica del espectáculo: ¿no fue acaso Señorita maestra un fenómeno que contradijo las aspiraciones más humanistas de la educación? En el programa Señorita maestra los niños se mantenían sanos, salvos y “escolarizados”, pero adentro de la televisión. Y una vez que el ciclo concluyó, la barbarie fue el destino de buena parte del elenco y hubo quienes terminaron en la cárcel. Esa historia alimentó a su vez a la televisión, que bajó línea y educó sobre los perjuicios de una fama temprana. Y “vamos a ver, a ver la tele / que a la vez nos educa y entretiene”.
2 Aquella escuela hacía comunidad y un director ganaba bastante dinero: su rol como formador de identidad era necesario para el capitalismo y la nación. En la actualidad, los medios de comunicación hacen lazos y no debe extrañar que Tinelli, como principal funcionario, sea millonario. ¿Qué tipo de comunidad crea Tinelli? (Su “¡Buenas noches, América!” no busca consolidar una identidad nacional ni regional, sino que es un gesto grandilocuente que dice que la red que nos reúne podría atrapar también a Moby Dick). La comunidad que produce Tinelli es plural y se basa en las adhesiones y rechazos que crean los televidentes hacia las figuras; las comunidades que se forman en cada programa son de fans, parciales y efímeras. El televidente sube el pulgar o lo baja ante los famosos, y en las tribunas del circo las butacas son móviles para que el espectador pueda rotar de posición.
En Internet las redes sociales también forman comunidades parciales y efímeras. Cada usuario de Facebook, pertrechado de gigas de amor, produce una sociedad de amigos. Y cada vez que algunos de sus amigos ven una foto divertida se suman al pulgar elevado para decir “me gusta”; así crean una comunidad en torno de la foto o evento. A diferencia de la nación, Facebook no nos pedirá que vayamos por él a la guerra, de momento. Apenas exige que cumplamos un servicio de disponibilidad obligatorio.
3 Por alguna razón, en la política las manos han tenido privilegio de aparición por sobre los otros miembros del cuerpo. El símbolo del socialismo es una mano empuñando una flor (no deja de ser curioso que el socialista pretenda batallar con una flor por arma: uno queda perplejo y le desea suerte... o lo acompaña desde lejos). El símbolo del peronismo es dos dedos que se bifurcan, uno hacia la izquierda y el otro hacia la derecha, indicando la ambivalencia que cifra su supervivencia. La nueva política debería aprender de esta tradición y capitalizar el símbolo de la época: el pulgar elevado del “me gusta” de Facebook. Los partidarios transmitirían de paso el optimismo que elevaría la autoestima del argentino a niveles brasileños.
Si aquella vieja escuela creaba comunidad, ¿cómo debería ser la nueva escuela? El sentimiento de unidad se crea hoy en los medios de comunicación y las redes virtuales, se forma en el sistema de adhesiones y rechazos a las figuras del espectáculo, a los productos de consumo y también culturales. La nueva escuela debería enseñar a armar un perfil popular en Facebook, a resumir un concepto en 140 caracteres, a retocar una foto, a subir el pulgarcito, a orientar el destino del usuario en Internet. Esa nueva escuela nacería con la lógica del espectáculo. Así estaría a tono con la nueva política que reclaman los usuarios de la ciudad más exigente del país.
* Docente e investigador UNQ y UBA.

No hay comentarios:

Publicar un comentario