sábado, 3 de septiembre de 2011

Los monopolios son el nuevo Minotauro



























Los dueños de los medios piensan que la libertad de prensa es lícita cuando la ejercen ellos defendiendo los intereses que representan. Es la libertad de los poderosos contra la indefensión de los débiles, definió certero Upton Sinclair.
 
Hace casi un siglo, Romain Rolland dijo que la prensa era igual al Minotauro. En Creta vimos el laberinto donde suponen vivió ese monstruo alimentado con carne humana, vencido por Teseo. ¿Cómo salió este del laberinto? Con el hilo de Ariadna. Hay que hallar este sutil hilo para que la ola de contra libertad que ahoga a los lectores se retire, y no propague la idea de condicionar a Cristina. Quienes investigan los manejos ilegítimos de los medios hegemónicos no son muckrakers (hurgadores de mierda), sino vigías. Procuran erradicar las mañas corruptas de los monopolios. Puertas de cemento impiden que la verdad de los hechos se conozca. Puertas que se abren según de qué intereses se trate; miles de trucos usan en la selección de las noticias, en la titulación, en las verdades a medias y en la supresión de todo aquello que irrite a los poderes concentrados. Los dueños de los medios piensan que la libertad de prensa es lícita cuando la ejercen ellos defendiendo los intereses que representan. Es la libertad de los poderosos contra la indefensión de los débiles, definió certero Upton Sinclair.
El repudio de ADEPA al ministro Randazzo (“Una injuria que desconoce el rol de la prensa”) partió de un error conceptual. Dijo que es lícito “reflejar los cuestionamientos emitidos por jueces o dirigentes opositores”. Se equivocan los empresarios periodísticos. Nada es lícito “si no se verifica hasta el último detalle”; si al conocer reuniones no “se habla con uno o más de los que allí estuvieron”; si obtenidas dos versiones, “disipamos los desacuerdos mediante nuevas entrevistas” (hasta 17 veces en un caso); de no ser ello factible, “se deja de lado cualquier material imposible de confirmar”; no se concede igual peso a todas las fuentes; y menos aún a quienes “tratan de dar versiones parciales de los hechos en provecho propio, o poco fidedignas”. Ah, como los opositores. Los párrafos citados son del prólogo de The final days, memorable libro sobre la caída del presidente Richard Nixon, escrito por los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein. ADEPA: cero autocrítica. Lo que no hay en los medios argentinos es siquiera constrición por “errar” en sus informaciones.
Esa soberbia es usual. Muchos de quienes dirigen los medios de comunicación no tratan a las personas con respeto y piedad. Parecen desechar lo que encarna moralidad y tampoco tener un sentido claro de lo que es correcto o incorrecto. El periodismo no posee una buena reputación en nuestro país, al ser ejercido a menudo por seres sin principios ni escrúpulos. Es un modo de vida acelerado, con santos y pecadores. Pocas conciencias gritan, y menos aún se manifiestan avergonzadas o recapacitan para reintegrarle la ética a un trabajo antes digno. La excusa es que los códigos morales se derrumban y ya no hay nada sagrado. Nadie procura conciliar una ética personal con esta profesión; la creen sólo un negocio. Si bien la Constitución no avala calumniar, lo realizan. Defienden la libertad de prensa (salvo en dictaduras) aunque protejan así al mal periodismo.
Los medios, en lugar de admitir sus traspiés en las primarias y que la teoría de la “libertad responsable” que rige en los EE UU es esencial, la imaginan aquí una amenaza potencial. No toleran que el gobierno se queje de sus disidencias. Se creen juez y jurado y sienten fastidio hacia quien les descubre falacias. Para embarrar la cancha y hallar una ilusión hasta octubre, siguieron su propio hilo de Ariadna buscando fatigar a Randazzo. Él, tras tolerar agravios, habló con números para mostrar la insidia mediática. Aguardaba un mea culpa. Qué naíf. Tornaron a herirlo. Esta vez por sus dichos, no por sus hechos. Durante 1945 le había narrado a un cronista que su ministerio no designa los jefes de mesa. El diario, sin pruebas, tituló lo opuesto. Tanta mala fe irritó al ministro; además, el periodista violó la regla cardinal: la reserva depositada en él. Su inconducta en la conferencia de prensa implicó no profesionalidad. Para Ben Bradlee, el editor del Washington Post en el caso Watergate, no se publican acusaciones sin dar la ocasión de defenderse e indagar después documentos en otra parte.
Si bien los duros no aceptan intrusión alguna respecto a la libertad de prensa, el director del Courier Journal escribió que no puede cobijarse tras ella si su gobierno “critica lo que hacemos y cómo lo hacemos. Debemos aceptar las críticas.” En la Argentina suponen que esa libertad no lleva consigo deberes. Pero la complicidad con diversas dictaduras desterró la fe en los medios. Y el derecho a la información  trastocó el ansia de vender más. Acosar o mentir para lograr una historia lo justifican por el derecho a estar informado. ¿Por qué, entonces, cada día quedan más noticias afuera que adentro de un diario? “No le debo nada al lector”, advertía un jefe de redacción. “Mi negocio es vender ideas; si las compran, bien; pero no digan que tienen derecho a ellas.”
En este negocio de hechos, no de verdades, lo mejor es ser preciso y confiable; porque “la noticia y la verdad no son necesariamente la misma cosa” (Walter Lipp-mann). ¿Alguien puede afirmar sin reír que nuestros medios hegemónicos siguen la regla de narrar en forma “no tendenciosa, igualada y justa”? Resulta deshonesto que ese periodismo afirme ser independiente. No existe algo así en el mundo, ninguno es neutral. Todos poseemos una ideología, aunque hábiles la velemos. El macartismo torció para sus propios fines este prejuicio y generó en EE.UU el pánico al comunismo. La tevé abusa de la “objetividad” y origina notas blandas al dar a cada opinión el mismo peso. No es esa la meta ideal del periodista: debería opinar. Pero hacerlo con discreta compasión al juzgar a los demás. El juego de la ética de los diarios es banal; ADEPA no expulsó jamás a un miembro por trasgredir normas, inventar o adulterar alguna noticia. Y los manuales de los diarios son inútiles, nadie los sigue; si un político se atreve a criticar a un diario, vociferan solidarios: ¡Ataque a la prensa! o ¡Caza de brujas!
Para el gobierno será mejor eludir, en esta carrera de largo aliento, los brotes de rencor que esgrime la oposición. Enfrentarla la agrupa. A Cristina le basta mostrar sus obras. Dante anotó, burlón: “Mira y pasa.” No importa que los minotauros hegemónicos no aprendan nada y desdeñen todo; ellos piensan que cada minuto nace un gil, como dice un tango. Su idea es despojar a la gente de su dinero (con diarios, cable) y engañarla; dan espacio al posible estafador que publica un aviso o soslayan la ley variando el rubro de las prostitutas/os que ofrecen servicios. ¡Plata, plata, y plata!, clama Discépolo en ¿Que vachache? Es desleal alentar el odio para evitar que cada uno piense por su cuenta. Pero la derecha es así: refuta el modelo inclusivo y tira pelotazos sin mirar. El buen periodista sabe que no es miembro de esa élite. Su misión no es decir a la gente lo que debe pensar, sino otorgar información que le sirva de base para pensar bien. Dante dijo: “Dad luz, y el pueblo hallará el camino por sí solo

TIEMPO EL ARGENTINO

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